En una de las infinitas repeticiones que Neox emite de los capítulos de Los Simpsons, me he topado de lleno con el número 23 de la temporada 7 –sí, he tenido que buscar cuál era–, más reconocible como aquél en el que Apu, el dependiente del famoso Badulaque, se ve obligado a obtener la nacionalidad estadounidense después de que el pueblo de Springfield, en su afán por adelantarse a las políticas de Trump, votara sí a la ficticia proposición 24 que todo seguidor de la serie reconoce. 

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En este episodio Homer se presta voluntario para enseñar a Apu los conocimientos de cultura general de los Estados Unidos necesarios para aprobar el examen que le concederá la nacionalidad, sin embargo el inmigrante demuestra saber más de su tierra de acogida que el propio nativo, y es que, aunque por todos es sabido que el coeficiente intelectual de Homer no es el más alto de la ficción animada, esta es una realidad que, a priori, no nos resultaría tan extraña. Es entonces cuando una pregunta viene a mi cabeza, una que probablemente otras personas se hayan hecho pero pocas se habrán molestado en contestar porque tienen otras cosas más interesantes que hacer: ¿Aprobaríamos los españoles el examen para adquirir la nacionalidad española?

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Pues en uno de los pocos ratos libres que tengo y en un afán por solventar esta duda que a más de uno le quitará el sueño –estoy seguro–, pongo en marcha una maquinaria exhaustiva que nada tiene que envidiar a las encuestas del CIS –me acercaré a la realidad tanto o incluso menos que ellas–. Lo primero que hago es investigar acerca de los requisitos que necesita un ciudadano extranjero para poder ser español. Según informa el Instituto Cervantes, en cuyas sedes se realiza este examen conocido como CCSE (Conocimientos constitucionales y socioculturales de España), los requisitos, además de aprobar dicha prueba y presentar un diploma de español nivel A2 o superior, son tener más de 18 años y capacidad legal para obrar, sin olvidar los 85 euros que cuesta la inscripción, que en España tampoco somos tontos.

Para llevar a cabo mi sofisticado experimento descargo el modelo de prueba que ofrece este año el Instituto Cervantes y escojo una muestra de veinte personas, de un rango de edad de entre 20 y 60 años que, tras mucha insistencia y alguna que otra invitación a un café, acceden a responder las 25 preguntas de este test sin ningún tipo de ayuda, ni mía ni de Siri.

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La prueba se divide en 5 bloques o tareas, cada una de ellas enfocada a un conocimiento concreto de nuestras instituciones, costumbres, cultura, historia o geografía, y con un número diferente de preguntas. Cada pregunta tiene tres opciones, excepto algunas a las que hay que responder con verdadero o falso. El tiempo máximo para realizar el examen es de 45 minutos, las respuestas incorrectas no restan puntuación y el mínimo de aciertos que se necesitan para aprobar son 15 de 25. Una vez expuestas las condiciones, mis alumnos empiezan a contestar.

A nivel general todos encuentran mayor dificultad en la primera tarea, orientada a los ‘conocimientos del Gobierno, poderes e instituciones del Estado, leyes fundamentales y mecanismos de participación ciudadana’. De hecho, la mayoría de fallos se acumulan en preguntas como ‘a quién corresponde el poder legislativo’ (diputados y senadores), ‘qué ocurre si no se aprueban los presupuestos del Gobierno antes del día 1 de enero’ (se prorrogan los del año anterior), o ‘qué órgano aprueba los proyectos de ley (Consejo de Ministros). Poco informados estamos los españoles acerca de nuestro sistema de Gobierno –luego vienen los “madres mías” cuando gana las elecciones el PPartido más corrupto–. Pero sin embargo sacamos sobresaliente en geografía e historia. Todas mis ratas de laboratorio acertaron cuestiones como ‘cuál es el pico más alto de la Península’ (el Mulhacén), o ‘entre qué años transcurrió la guerra de la Independencia en España (1808-1815).

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El último bloque, que expone aspectos de la vida cotidiana, comportamientos de la sociedad y trámites administrativos, guarda luces y sombras. Algunos de mis encuestados falló cuestiones como ‘para qué necesitamos la certificación de nacimiento, una foto reciente y el certificado de empadronamiento’ (para solicitar el DNI), pero todos se mostraron incrédulos por la facilidad de la pregunta número 25: ‘En un menú, una tarta de almendra es… ¿un segundo plato, un postre o un primer plato? La cosa tiene guasa, todo sea dicho, pero fuera de nuestras fronteras puede no resultar tan fácil acertarla. Por poner un ejemplo, a ver quién tiene narices de adivinar qué es un quarkspeice en la carta de un restaurante alemán. Para no dejaros con la duda, se trata de un pudín de queso, que por cierto, tiene muy buena pinta. Pero no nos vayamos por los cerros de Úbeda (Jaén) –por si alguno ya se ha puesto en modo cultureta–, una vez terminados los 20 exámenes de prueba en los que se basa mi encuesta, los resultados me sorprenden. Los españoles no somos tan tontos como Homer Simpson y, para satisfacción de M. Rajoy, somos muy españoles y mucho españoles. Todos mis encuestados han superado el mínimo de respuestas acertadas para conseguir la nacionalidad española. La nota más baja ha estado en 18 respuestas correctas de 25, aunque también he de decir que ninguno acertó todas.

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Lo siento por todos aquellos lectores que hayan llegado hasta aquí esperando una prueba más de lo cafres que somos en este país, pero ya sea por el tipo de preguntas o por la calidad de nuestra educación –que mira que no suele salir bien parada en las estadísticas–, somos capaces de superar pruebas como esta sin ningún tipo de preparación previa. Pero no nos pongamos todavía la medallita. A pesar de lo profesional que soy y lo certero de mis resultados, esto puede no ser representativo de los casi 47 millones de españoles que vivimos por estas tierras. Y tampoco nos olvidemos que, como he dicho al principio, para que te den tu chapa rojiamarilla hay que superar un nivel A2 de español. ¿Estamos los españoles preparados para aprobar esa prueba? Mira que hay mucha ‘cocreta’ y mucho ‘me se’ suelto por ahí… Pero la respuesta a esta nueva e inquietante pregunta la investigaré en otro rato libre, no nos sobresaturemos de cultura que no estamos acostumbrados.

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