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La noticias sobre que se ha caído, actualizaciones como el doble check o la última conexión, bromas en otras redes sociales…

Para mí no han significado nada porque no sé cómo es vivir con móvil inteligente.

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Pero entonces, ¿cómo hablas con tus amigos?“. La de veces que he escuchado esta frase a lo largo de mi vida adulta son tan incontables como inane su resultado para hacerme cambiar de parecer. “Pues hablando”, ha sido mi ocasional respuesta. Tampoco veía otra forma menos sospechosa de salir de ese entuerto en el que yo mismo me he solido meter por decir que no tengo móvil inteligente. Ni, por ende, aplicaciones de mensajería instantánea. Que cuando salgo de casa estoy incomunicado socialmente más allá de llamadas esporádicas (normalmente de mi madre, para qué negarlo) o de SMSes de empresas telefónicas que me ofrecen paquetes de datos que no necesito. No, no tengo WhatsApp. Y sigo vivo.

Quienes me han preguntado suelen pensar que alguna vez tuve WhatsApp pero que, en un acto disciplinado de rebelión individual, opté por la vía de lo analógico. Por mi Nokia antiguo que tiene algo de música y el Snake de última generación de su momento. Nada más lejos de la realidad. Puede que en un principio hubiera algo de ir a contracorriente, un extremo de rebeldía adolescente, aunque a estas alturas ya sea solo un rasgo más de mi personalidad.

En ocasiones hay quien me comenta que me admira por ello, como si no fuera una decisión al alcance de cualquiera, como si yo fuera una rara avis difícil de imitar. Se escudan en que bueno, ahora, con el trabajo, con la familia, con su relación, ellos y ellas no pueden prescindir de WhatsApp, pero cuando les observas hablando por la aplicación, ni trabajo ni familia (de relaciones, el que la lleva la entiende). Al menos, no estrictamente. Memes, vídeos virales, conversaciones intrascendentes, todo aquello que no tiene tanta urgencia como se le presupone, charlas que pueden esperar pero que ya se libran en el momento por si luego pierden su vigencia esporádica.

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A mí el mundo de WhatsApp obviamente no me es totalmente ajeno. Vivo rodeado de gente con la aplicación. He vivido en mis carnes el ningufoneo, que es esa práctica tan extendida que ha dejado de inquietarme de ignorar a quien tienes delante para responder o intercambiar mensajes con quien has visto hace dos horas o a quien verás en cuatro. Es como la relatividad de Einstein pero comprimida a un solo día.

Me quiero detener, empero (cómo me gusta decir empero, también os digo), en lo del ningufoneo. Era como una práctica venida de algún libro de distopía futurista de los años 50. Digo era, en pasado, porque en los últimos años, visto desde fuera, habéis cambiado. Aplausos. No sé en qué momento, ni si tuvo algo que ver que el palabro inglés (phubbing) fuera tan feo, pero se ha perdido. Y en esto os doy un voto de confianza. Cada vez menos gente interrumpe sus conversaciones conmigo para mirar el móvil. Todos esos mensajes en redes sociales sobre lo artificial que resultaba el mundo han tenido que dejar un poso asombroso en vuestras mentes. De hecho, si por fuerza mayor -estamos esperando a un tercero o hemos pedido pizza- tenéis que mirarlo, me pedís antes permiso y/o perdón.

Y que conste en acta que yo no he hecho nada para evitarlo. O sea, que cuando la gente se ponía a mirar el móvil delante de mí, yo me callaba y miraba en lontananza, o escuchaba las diatribas de las mesas de alrededor (en ocasiones con sorprendentes resultados) o conversaba con el vaso de cerveza o dedicaba el tiempo a pensar en mi siguiente respuesta a un debate que estuviese teniendo lugar. Con el tiempo del que me proveían vuestros largas miradas a la pantalla (en una ocasión estuve esperando a retomar la conversación casi 15 minutos y para cuando regresó la conversación yo ya había planeado la semana y estaba borracho) crecía mi temor de que el ningufoneo se volviera cada vez más viral. Y está decreciendo. Puedo atestiguarlo. Lo cual agradezco enormemente, aunque con ello haya perdido capacidad oratoria, respuestas sagaces y ocurrentes y los minutos que dedicaba a planificar la semana.

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Eso sí, he de decir que he visto parejas discutir por la última conexión, por quien hizo o dijo cual cosa y, o bien se soluciona con un emoticono, o bien rompen para siempre. Cualquiera de las dos reacciones me ha dejado picueto, ojiplático y, en definitiva, flipando. Yo prefiero las discusiones a la cara, de viva voz, tête à tête. Y con navajas.

“Ojalá pudiera yo hacer lo mismo”, escucho también a veces, como si mi decisión fuera superheroica y me fueran a dar un papel en la Fase 4 de Marvel. A ver, que no estamos hablando de escalar el Everest o de hacer voto de silencio. Si de hecho yo me harto de hablar en mi día a día. Incluso con mensajería instantánea si estoy en casa. Te lo puedes plantear como un reto. Como esos reportajes del telediario de Antena 3, cuando no hay ninguna noticia más de la que hablar, sobre que se pone de moda ir a sitios sin conexión wi-fi: ¿sabe esa gente que pueden decidir por ellos mismos no tener wi-fi? ¿O están decidiendo deliberadamente no tener poder de decisión? Cosas que uno piensa para no pensar en por qué está viendo el telediario de Antena 3.

No soy, no se vayan a pensar, escéptico de WhatsApp o de su utilidad, que es la otra palabra que siempre llega a la boca en una búsqueda por contradecirme o hacerme entrar en vereda. “Pero es que es muy útil”. Caramba, no me digas, no habría llegado a esa conclusión ni en un gritón de años. Gracias, monsieur, le debo el fuego.

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Ya sé que es útil y que los SMSes pasaron a ser mágicos y casi prehistóricos, pero aún con todas sus ventajas nada me ha convencido tanto como salir a la calle y no tener la preocupación de responderle a nadie, la certidumbre de que las urgencias las recibiré con una llamada: si ha muerto alguien que me importe (un colega me avisó de la muerte de Chiquito, por ejemplo) o si mi familia ha ganado la lotería (aún espero ese aviso) sonará mi Nokia.

Pero esto no es un artículo a mayor gloria de mi estilo de vida. Como he dicho antes, son decisiones que he ido tomando y que al final se han convertido en costumbre. Igual que yo estoy ya hecho a no tener WhatsApp ni móvil inteligente, aquellos que sí los tenéis y que quizá estéis leyendo esto en uno de ellos, habréis cambiado con su uso. Yo me he perdido cosas, ustedes quizás otras. Lo importante aquí es que si nos tomamos una cerveza hagamos la apuesta de que el primero que mire el móvil es el que paga la cuenta. Y os digo que yo he perdido (mi madre no aceptaría que no se lo cogiese).



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