La octava temporada de Juego de Tronos ha sido, de lejos, la más controvertida de la serie.

Al ser una última temporada, el nivel de análisis es mucho mayor, pero también ha coincidido con el momento más torpe de los creadores y guionistas, afectados por las prisas que ellos mismos se impusieron al rechazar las 10 temporadas que les ofreció HBO (quizá los gazapos del vaso de Starbucks y la mano de Jaime procedan de este caos, pero no hablaremos más de ellos aquí). Así, la culpa de todos los males de este año viene del guión y de la falta de capítulos, que han afectado a diferentes parcelas de la ficción.

Con todo, a pesar de los fallos que han propiciado la ya célebre lluvia de críticas, con la petición de volver a rodar la serie incluso, desgranamos lo peor y lo mejor de esta última temporada, ya que también ha tenido cosas buenas.

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Lo peor

La ligereza de los diálogos

Como ya hemos dicho, las prisas han sido las principales causantes de la torpeza de la temporada, las cuales no han sabido gestionar correctamente los guionistas. Y este no es un asunto baladí, ya que la serie siempre ha destacado por la profundidad y la pausa de sus tramas, incluso en momentos frenéticos. De hecho, los diálogos eran cruciales en esta serie, repletos de matices, dobles caras y ejecutados con precisión de cirujano. En esta ocasión, el resultado ha sido superficial, cuando no vacuo, más propio de una serie de segunda de TNT que de una de las mejores de la historia.

Así, asistimos a una buena colección de conversaciones dignas de instituto, como la que tienen los jóvenes Stark en el 8×04, ‘Los últimos Stark’, tratando un tema de verdadera importancia. También hemos echado de menos la amarga y tosca profundidad de El Perro, que se ha limitado a solo ser amargo, tosco y superficial; las elucubraciones más trabajadas y estratégicas de Varys; y el hábil verbo de Tyrion que, a excepción del último capítulo, se ha limitado a hacer chistes de borrachos, arruinando su buena conversación y hábil estrategia dialéctica de temporadas pasadas.

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La falta de estrategia

El bando de Daenerys pecó de “primo, pringao, tolai” durante toda su estancia en Poniente. Los guionistas les metieron sistemáticamente en las trampas de los enemigos, con Tyrion como principal responsable, para decepción de los fans. Jaime les dio una lección en Roca Casterly y Euron hizo lo propio dos veces (primero a las tropas de las Islas del Hierro y después a todo el ejército de los buenos en las inmediaciones de Rocadragón). No aprendieron de los repetidos errores pasados e ignoraron elementos bastante importantes, como el escorpión que casi mata a Drogon en ‘Botín de guerra’ y que finalmente aniquila a Rhaegal en el 8×04. ¿Acaso no contaban con esa emboscada? ¿No habría sido lógico pensar que Cersei se habría preparado durante todo ese tiempo? Por no hablar del suicidio colectivo de los dothraki en la guerra contra los muertos. Son errores de estrategia impropios de una serie tan bien calculada, no digamos ya de Tyrion, Mano de la Reina y principal estratega.

Cambiando de bando, destaca la facilidad con la que Daenerys acaba con los ejércitos de Cersei, en comparación con los problemas que le causa en el pasado con muy pocos efectivos: claro, esta última vez, los escorpiones de Euron fallaron o desaparecieron de repente.

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Las lagunas del guión: arcos, tiempo, espacio y número

De nuevo, las prisas y la falta de episodios han enturbiado el equilibrio y lógica de la serie con comportamientos precipitados y la destrucción de arcos de personajes. Muchos han perdido parte de su sentido al intentar acabar rápidamente con su destino, como Jon, cuyo papel como Aegon Targaryen se ha diluido casi por completo a pesar de las expectativas; o Euron Greyjoy, que aspiraba a gran villano y se quedó en nada. Las decisiones de algunos personajes han sido abruptas y poco coherentes con su esencia natural, tal y como se puede comprobar en sus conversaciones y en sus desenlaces.

Hablando del tiempo, es cierto que los traslados entre los diferentes puntos de Poniente siempre fueron rápidos, pero casi siempre nos regalaban capítulos de transición o justificaciones que lo hacían creíble. En esta ocasión, no solo los viajes se han realizado a la velocidad de la luz, sino que las decisiones, en ocasiones emocionales, se resolvían con una celeridad pasmosa que volvía a echar por tierra la profundidad y credibilidad de la serie.

Por otro lado, los recuentos de las huestes perdidas en ‘La larga noche’ o ‘Las campanas’, así como el número inicial y final de los ejércitos, ha sufrido cambios perpetrados a conveniencia. Destaca sobre todo el tema de los dothraki, aparentemente masacrados al completo en la primera batida de la batalla contra los muertos, y la posterior aparición de la mitad de la horda de camino a Desembarco del Rey como si nada. Por otro lado, el ejército de Capas Doradas procedente de Essos, supuestamente rondando los 20.000 hombres, se queda en un número aparentemente mísero antes de que Daenerys hiciera una barbacoa con todos ellos. Situados frente a la capital, justo delante de los Inmaculados, parecía difícil que el conjunto llegase a los 200 hombres.

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El final del Rey de la Noche

Aunque ha sido uno de los acontecimientos más celebrados de la temporada, también es quizá uno de los más inexactos. Arya, tras un movimiento ninja digno de cualquier gimnasta olímpica vitaminada, se planta delante del Rey de la Noche para asestarle el golpe definitivo con la daga de Bran. Un momento espectacular, sin duda, de verdadera fuerza visual, pero producto de la complacencia de los creadores con el fandom de Arya o fruto del reparto de méritos. Aun así, se trata de una incoherencia con la mitología de la serie, la cual hablaba de un Príncipe Prometido que salvaría al mundo de los Caminantes Blancos (nos lo vendió Melisandre durante toda la serie), como ya se hiciera en el pasado. Esta profecía nunca apuntó a Arya, ya que nada concordaba con su personaje (la famosa frase de Melisandre sobre los ojos la aprovecharon para justificar el golpe de efecto), sino con Daenerys y, más aún, con Jon Snow. Este último era el elegido para matar al Rey de la Noche, como quizá haga G.R.R. Martin en su libro, completándose así el arco del también conocido como Aegon Targaryen. Sin embargo, el efectismo y el giro de guión gratuito dictó que fuese Arya la ejecutora. Además, el final de los muertos fue precipitado y demasiado rápido. La serie tenía como principal argumento el juego de tronos y el asunto político, pero los Caminantes Blancos, después de ocho temporadas, merecían un punto más de dificultad y explicación.

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La caída de Daenerys

Daenerys Targaryen era la principal heroína de la serie y jamás se mereció una caída tan estruendosa y torpe, o al menos tan rápida. Su defensa de la libertad no concordaba con la tiranía que acabó desarrollando en la última temporada, y de la que solo se habían visto tics para acabar con los esclavistas. Con un poco de desarrollo, su derrumbamiento como heroína podría haber tenido más sentido, pero, de nuevo, la precipitación de la serie arruinó uno de los mejores personajes de la saga, construyendo elucubraciones forzadas, rápidas y poco argumentadas por parte de todos los personajes contra ella. El fin de la cordura de Khaleesi se justificó con la locura de su padre, un recurso fácil que tira por el suelo la construcción durante siete temporadas de un personaje que aspiraba a todo lo contrario. Con más tiempo, quizá, pero así resulta tan tosco como poco creíble. Sir Jorah Mormont estaría escandalizado.

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Lo mejor

El último capítulo y la redención de algunos personajes

Teniendo en cuenta la situación a la que llegamos con Daenerys en modo psico-killer, los creadores nos ofrecieron el mejor final posible. No es perfecto porque las circunstancias no lo eran, pero quizá sí el más justo según los acontecimientos.

La muerte de Khaleesi era obligada para que el mundo siguiera su curso sin los tiranos que ella misma quería aplastar tras reventar la rueda. Y, por suerte, Jon Snow recuperó el protagonismo que merecía asestando el golpe final para acabar con su reina. Se convierte, así, en el héroe de la serie que siempre buscamos en su personaje, con un tinte anónimo al quedar relegado a la Guardia de la Noche. Sin embargo, una vez en el norte, el sobrino de Ned Stark se aventura Más Allá del Muro, con la esperanza de seguir descubriendo mundo con los salvajes e instaurar, quizá, una nueva civilización liderada por él. No es mal final para Aegon Targaryen.

Por otro lado, Tyrion vuelve a coger la batuta de la serie que nunca debió perder y se vuelve a mostrar brillante, inteligente, razonable y buen estratega. De hecho, suya es la idea de instaurar un nuevo sistema político más justo (lo más importante del capítulo final y de la serie en general), sin dinastía por sangre, que coloque a Bran como primer representante. El pequeño de los Stark, teniendo en cuenta el panorama, es la mejor opción al erigirse como la memoria del mundo y como el único capaz de no cometer los errores del pasado. Y, cómo no, elige a Tyrion como Mano para que este siga mostrando su buen hacer en los despachos de Desembarco del Rey y rubrique su arco de personaje. La democracia propuesta por Sam, siempre el camino más lógico, quizá para más adelante.

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Por otro lado, Sansa se queda como Reina del Norte, Arya explora los mares ignotos y Brienne se coloca como capitana de la Guardia Real. Y, para redondear la jugada, el Consejo Real supone una alegría para todos: Bronn, Davos, Brienne y Sam, este último como Gran Maestre, debatiendo sobre el devenir de Poniente.

La muerte de El Perro

Con un gran número de incoherencias servidas, El Perro sí completó su arco al enfrentarse a La Montaña, su querido hermano adulterado por las malas artes de Qyburn. El futuro de este genial personaje pasaba por una lucha contra la persona que le torturó de niño y que le provocó ese horrible miedo al fuego, su hermano Gregor Clegane. Así, Sandor, que no consigue dar la puntilla a La Montaña en una lucha salvaje, decide lanzarse al vacío con su hermano haciendo honor a una simbología que habla del descenso a los infiernos. El sino de El Perro era acabar con su hermano y lo consigue, aunque le cueste la vida.

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El final de Cersei y Jaime

El final de Cersei y Jaime no es perfecto, pero no es una abominación. Todo empieza con una genial conversación de cariño y reconocimiento entre Tyrion y Jaime antes de que el primero libere al segundo y le devuelva el favor de antaño. Por otro lado, Cersei, como villana suprema de la serie, sin duda se merecía un final más apoteósico para cerrar su personaje como es debido. Pero, por otro lado, la aparición de su humanidad en plena guerra y la muerte final con su hermano y amor, que consigue llegar hasta ella tras matar heroicamente a Euron Greyjoy, resulta bastante satisfactoria. El fandom y la crítica apostaban por una muerte conjunta, cumpliendo la teoría de los hermanos gemelos (o mellizos) que nacen y mueren juntos. Y, además, enamorados.

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El impacto visual

La mejor noticia del año ha sido la belleza y la espectacularidad visual que ha acompañado a la serie en sus seis capítulos. Porque, aunque la pirotecnia y el mejor uso de la misma está más reservado al cine comercial, la fantasía y la historia resultan más creíbles con los mejores medios. Y no solo han sido los formidables efectos especiales (los dragones se han exhibido como auténticas obras de arte aladas), sino la riqueza de la narración visual, la dirección de cada episodio y los planos escogidos para alimentar cada una de las secuencias. ‘La larga noche’ dejó una fotografía poderosa, confusa y necesaria para meternos de lleno en la historia; ‘Las campanas’ fue un despliegue de fuego y terror que resultó impactante a todos los niveles; y ‘El trono de hierro’, último capítulo de la fantasía, nos sorprendió con imágenes de poder de Daenerys que, repletas de matices horripilantes, nos recordaron en potencia visual a El triunfo de la libertad de Leni Riefenstahl en su propaganda a favor de Hitler. Un ejercicio de miedo y fuerza visual innegable. Al mismo tiempo, nos dejó uno de esos planos que pasan a la historia: la Madre de Dragones caminando con las alas de Drogon a ambos lados y a lo lejos, como si estas nacieran de su espalda. Un espectáculo.

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La banda sonora

La banda sonora de la octava temporada, al igual que la del resto de la serie, ha sido una verdadera maravilla que ha acompañado perfectamente la narrativa de cada capítulo. Entre sus canciones, destaca The Night King, melodía que suena con parsimonia y posterior aceleración, con la tensión in crescendo, durante el encuentro del jefe de los Caminantes Blancos con Bran bajo el arciano. Una maravilla.

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